Imagino que también os estará pasando a vos: cualquier cosa que sucediese antes de marzo de 2020, hoy nos parece sacada del mundo de los sueños; de una niebla espesa. Así recuerdo el comienzo de la NBA 2019/2020, allá por el mes de octubre. De una temporada que se prometía histórica pero que nadie sospechaba que lo sería hasta este punto: en el lejano otoño 'solamente' esperábamos ver la competición más reñida e incierta de los últimos años, y finalmente hemos vivido un hecho insólito, una suspensión sin precedentes, una cosa 'mu rara'. De acuerdo que la NBA y el deporte en general pasaron a un plano muy, muy secundario cuando se desató la pandemia de marras, pero ahora que se anuncia la posible reanudación de la mejor liga de baloncesto del planeta, yo no tengo más remedio que darle vueltas a la cuestión. Creo que podemos permitirnos el lujo de hablar de otras cosas que no sean el bicho; aunque sea por salud mental, nos lo merecemos. Bastante hemos sufrido.
En primer lugar, y tal y como pudimos comprobar cuando se suspendió, la NBA es la viva imagen de la seriedad. Que sí, que algún 'pero' tendrá, pero carezco de los conocimientos suficientes para encontrárselo. Desde este lado del océano me parece una empresa seria y rigurosa, que inspira confianza. En cuanto se localizó el primer positivo por Coronavirus, la NBA bajó la persiana sin miramientos, y no le importó tener que hacerlo en una instalación llena con 20 mil personas en la grada, con las cervezas y las palomitas recién servidas, con la maquinaria de aquel histórico Jazz-Thunder ya en marcha y con los jugadores dispuestos al salto inicial. De ese modo se nos dio una imagen que impresiona, una imagen icónica que bien se puede insertar en el relato de lo que la humanidad ha vivido en estos meses, para la posteridad: entrenadores chocando el codo, hablando con los árbitros y decidiendo que no se jugaba.
A la NBA tampoco le importó entonces la ignorancia eterna, inconmensurable de Trump ni la inoperancia de su Gobierno, que en aquellos días, a diferencia del Gobierno de España, todavía estaba a verlas venir. En nuestro baloncesto patrio hubo quien protestó esa semana por el hecho de tener que jugar a puerta cerrada, y estoy seguro de que ninguna competición, ni la ACB ni nadie, se hubiera planteado cerrar el chiringuito si el Gobierno no lo hubiera ordenado por la fuerza. Aquí, en la tierra de los caparras, de los 'capitanes a posteriori', eso no habría sucedido; pero la NBA no es así, la NBA cerró a pesar de los muchos millones de dólares pasan por sus manos, y a pesar de que el Gobierno de su país pensaba que el Coronavirus era una mamarrachada.
La competición quedó congelada a falta de entre 15 y 19 partidos para alcanzar los 82 de temporada regular. En cuanto a lo que a mí más interesaba, Cavs estaba abonado a la última plaza del Este y Raps seguía la estela de Bucks, siempre discretos los de Nurse, siempre picando piedra y trabajando como equipo, ya sin Kawhi, sin hacer ruido y sin gozar de los focos y de los elogios que los medios y expertos españoles ponen tradicionalmente en otros equipos. El mejor balance era el de Milwaukee con 53-12 (he dicho bien, 'balance', porque 'récord' ahora mismo sólo hay uno: el 73-9 de los Warriors de 2016, que parece imbatible)-. Todavía en el Este, Pacers tomaba algo de impulso y 'pillaba' a 76ers, a los que igualaba en victorias. Mientras, en el Oeste los Lakers lideraban la clasificación y también tenían, junto a los Thunder, la mejor racha de la liga en los últimos diez encuentros: 8-2. La siguiente racha más positiva en el Oeste era el 7-3 de los Clippers y, ojo, también de los Kings, que estaban ya a tan sólo 4 victorias de la octava plaza de Grizzlies, equipo un poco de capa caída. El resto, ni fú ni fa, especialmente los Warriors, cerrando la clasificación.
En una entrevista a Sergio Scariolo en Colgados del Aro, hablando de la posible vuelta de la liga, el entrenador ayudante de Raptors dijo que el formato estaba aún por decidir, pero que era muy probable que la NBA intentase dar opciones a los equipos que, antes de suspenderla, se encontraban en la pista de despegue hacia los playoffs, especialmente a los Pelicans de Zion Williamson. Al final, esas intenciones de la NBA se han visto confirmadas, y de todas las opciones de regreso, que podrían abarcar desde ir directos al playoff con los 8 mejores clasificados de cada conferencia hasta intentar terminar la liga regular con los 30 equipos, se ha quedado en la opción intermedia de poner en juego a 22 equipos, disputar 8 partidos más de 'liga regular' y, en caso de que entre el 9º y el 8º clasificado haya menos de 4 victorias de diferencia, dar opción al peor clasificado de robar el puesto de playoff ganando dos partidos seguidos al 8º. En cuanto el 8º gane un partido al 9º, mantiene su plaza.
Ésta es quizá la medida más chula e interesante de esta fórmula excepcional de resolución para la temporada 2019/2020, que, quizá, podría mantenerse en el futuro. Lo normal será que el 8º logre mantener su billete para playoffs, pero sirve para añadir sal al último tramo de la liga regular y puede ser una motivación extra para los equipos implicados, tanto para aquellos que vinieran remando desde atrás como para los que hubieran ido cayendo poco a poco desde lo alto de la clasificación hasta esa tierra de nadie. Muy interesante, ojalá se repita el año que viene.
Por otro lado, el número de 22 equipos no se reparte igual entre las dos conferencias, aunque sí el de los 8 primeros clasificados de cada una de ellas al momento de suspender la liga. Los otros seis equipos son los que presentan mejor balance, sean del Este o del Oeste, y por eso irán a este formato cinco equipos del Oeste y solamente los Wizards por parte del Este, por los pelos (tiene el peor balance de esos seis equipos 'añadidos'). Lo bueno de esto es que a los Suns de Ricky, antepenúltimos de su conferencia, todavía les queda algo que decir. Es muy, muy difícil que entren en playoffs (están a seis victorias), pero disputarán esta mini-liga.
Por lo demás, el resto de detalles vienen recogidos en la comunicación oficial de la liga y no tienen más misterio: sede única en Disney de Orlando (el acuerdo con el parque no está aún cerrado, según entiendo yo), controles, seguridad en la salud (aunque no se menciona, se supone que de dar alguien positivo, darían por concluida la competición), y aunque se especulaba con un formato de playoffs más reducido, se mantienen las cuatro eliminatorias al mejor de 7 partidos. En el peor (más bien, en el mejor) de los casos, un 7º partido de la final (así, en singular, no 'finales') se disputaría el 12 de octubre, día muy hispánico. También se señalan las fechas para el sorteo del draft y el día de dicho draft.
Para acabar este texto, un par de cosicas más: por un lado, una reflexión que me ha surgido esta mañana, nada más leer el comunicado de la NBA, y es que los dos equipos que han jugado cuatro finales seguidas, algo inédito hasta la fecha, y que nos han regalado quizá los mejores momentos de baloncesto de este siglo, sobre todo aquella final de 2016, no van a estar en Orlando. Ni Cavaliers ni Warriors, ya despojados del oropel y del champán, volverán a jugar en esta temporada. Los de San Francisco, para tranquilidad de sus aficionados, tienen la seguridad de que sus armas van a ser veladas por los Splash Brothers, y que el año que viene volverán a dar batalla (no sabemos hasta qué punto, pero serán aspirantes seguro); sin embargo, Cavs... Cavs ve alejarse su momento de gloria pasado y no vislumbra en el horizonte el que está por venir.
Por otro lado, me llama la atención la velocidad con la que esperan comenzar la temporada 2020/2021: el 1 de diciembre. Se habló de empezar el día de Navidad, pero quizá la presencia de los Juegos Olímpicos en el verano del 21 les ha hecho aligerar; o eso o se cubren las espaldas por si, al final, todo este intento se queda frustrado, bien porque alguien da un positivo, bien porque finalmente no se llega ni a jugar. Porque esa es otra: la NBA afirma en su comunicado que el acuerdo que han hecho público este viernes es el primer paso de otros muchos que tienen que dar, y que las conversaciones con expertos en salud y con la asociación de jugadores no han concluido. Yo sólo espero que al final se lleve a cabo, porque la NBA no se va a arriesgar y, si se juega, eso querrá decir que todo va a mejor. Todo, no sólo el baloncesto.
viernes, 5 de junio de 2020
domingo, 31 de mayo de 2020
Besos en el ascensor
En la tempestad conviene buscar puertos seguros. Los libros, el arte, el cine o la música lo son. Hemos atravesado, o más bien, estamos aún atravesando una tormenta generalizada que combina elementos adversos: una emergencia de salud pública como no habíamos vivido nunca, al menos en lo que llamamos Occidente; una crisis económica que amenaza con arrasar a los más débiles, para variar; una crisis política en España, oh, novedad, porque los eternos mimados del sistema no quieren perder privilegios y les da igual el precio de mantenerlos; en mi caso, además, la muerte de mi padre en un contexto como éste, surrealista, extraño y doloroso. No es algo excepcional, evidentemente. Muchas personas han sufrido la pérdida de seres queridos en los últimos meses. Ante este panorama, trato de refugiarme en mis cosas. Busco puertos seguros.
Hace unos días salí a caminar y llegué hasta el árbol que plantó mi abuelo, el padre de mi padre, en lo que en tiempos fue huerta fértil y hoy es terreno yermo, cubierto de matojos, tocante a una de esas avenidas grandes del extrarradio que canalizan ruidos, prisas y malos humos. En el camino me crucé con personas que también habían salido a caminar. La gran mayoría, disciplinados, llevábamos mascarilla. Unos miraban al suelo, otros al horizonte. Algunos iban oyendo música con sus auriculares, como yo. No vi a nadie golpeando cacerolas, tampoco yo sentí esa necesidad. Respiré profundamente todo lo que pude, todo lo que me permitía el filtro, e intenté acompasar el ritmo de mis pasos al de mis pensamientos y al de la música que escuchaba. Música, puerto seguro. Llegué al árbol justo cuando el sol se estaba poniendo y ahí no pensé nada, simplemente sentí.
La música es un puerto seguro, digo, pero no es anestesiante, precisamente. Te saca lo que lleves en la bodega del barco, te agita los sentimientos. Puedes emplearla para regularte, para subirte o para bajarte los niveles, para dar más intensidad a tu alegría o a tu pena o para intentar contrarrestarlas, aunque sea por un rato. Hay música que asocias a aquellos momentos en los que más la escuchaste, y cuando la vuelves a escuchar revives la alegría o la pena que sentiste hace años. Hay canciones, grupos o cantantes que aparecen en el momento preciso. En este momento ha aparecido Pau Donés y lo ha hecho como agua de mayo.
Empecé a escuchar a Jarabe de Palo al poco de sacar su primer disco, La Flaca, mismo título de la canción que fue su primer éxito. Fue en el verano de 1997. Rápidamente me empezaron a gustar todas sus canciones casi más que La Flaca. Desde entonces, como pasa con los grupos que más te gustan, Jarabe ha ido apareciendo y desapareciendo de mi sintonía. He ido comprando sus discos regularmente y me ha acompañado en multitud de situaciones. Ha sido un puerto seguro para disparar mi alegría y para consolarme en mis penas. Pero lo que ha supuesto su nuevo trabajo, 'Tragas o escupes', difícilmente lo puedo explicar con palabras. Es un gran disco que estoy escuchando en bucle desde que ha llegado a Spotify. Me ha entusiasmado, lo cual tiene un mérito tremendo en estos días.
He leído por ahí que es un disco 'buenrollista' y 'optimista', y aquí tengo que diferir. No me parece ninguna de las dos cosas. Es un disco que apela a la naturalidad de la existencia, a la raíz y a las hojas, a lo profundo e intangible de nuestra alma y a la piel que recubre nuestra carne y nuestros huesos. También he leído gilipolleces al respecto del 'desmejorado aspecto' de Pau Donés, incluso en titulares de noticia, en lo que supone un redoble de tambor del periodismo imbécil. Cualquiera con dos ojos y capacidad de visión puede apreciar y formarse juicio sobre si Donés está más o menos cambiado, o si la enfermedad con la que convive le atiza más o menos fuerte, de modo que hay que ser un periodista muy, pero que muy idiota para incluir en un titular ese tipo de apreciaciones. Bueno, en un titular o en el cuerpo de la noticia. Es de ser muy gilipollas. No merece más comentarios, pero como periodista que soy y como 'persona humana', tenía que decirlo.
Volviendo con el nuevo trabajo de Jarabe de Palo, me parece reconocible en sus maneras, en sus ritmos, en su lenguaje siempre sensible, siempre sencillo en el más bello sentido de la palabra. Por supuesto, repito, no es 'buenrollista' (otra palabra cuyo uso he de asignar a lo más gilipollas del género humano), sino esencial. Habla de la urgencia de la vida, de lo importante que es el uso que le damos a nuestro tiempo en este valle de lágrimas que, no obstante, puede ser maravilloso, como decía Andrés Montes. Habla de la conveniencia, de la necesidad, de la obligación de vivir en la inconsciente consciencia, o, si se quiere, en la consciente inconsciencia al respecto del paso del tiempo; de hacerlo intensamente; de compartir ese tiempo con las personas que queremos y que nos quieren. Habla, como digo, de la raíz y de las hojas de nuestra existencia.
No podría decir cuánto agradezco a Pau Donés que haya construido esta maravilla de disco, que haya escrito estas 11 canciones, estos 38 minutos y 36 segundos tan bien empleados, y que lo haya hecho justo ahora, cuando las olas nos arrastran y amenazan con hundirnos la balsa; que en mitad de tanto dolor y de tanta absurda cacerolada, de tanto ruido y de tanto insulto, ponga la música y la palabra que subrayan precisamente lo contrario: la solidaridad, la abnegación del personal de la sanidad pública y de las trabajadoras y trabajadores que en otros sectores también se han jugado el tipo. Me cuesta tanto expresar mi gratitud a Pau Donés como elegir una canción. Todas me agitan, todas me mueven, todas me llevan los pies y los latidos del corazón. Quizá podría referir 'Misteriosamente hoy', 'Valiente' o 'Tragas o escupes', o cualquiera de las otras que forman el disco, pero acabaré este texto con la canción que lo cierra: 'Besos en el ascensor'.
Si habéis leído algo sobre emprendimiento y tal, conoceréis aquello del 'elevator pitch', la exposición de tu idea de negocio en breves segundos, lo que dura un 'viaje' normal en un ascensor (de ahí su nombre); es condensar la esencia de lo que quieres hacer para contárselo a otros. Pues eso es lo que parece durar la vida, lo que dura un trayecto de ascensor, breve y con pocas paradas. Y es lo que me transmite esta canción, que también me trae el aroma de Fleetwood Mac y del mar (asocio el grupo inglés al mar porque durante una época me daba largas caminatas al amanecer por la playa mientras lo escuchaba). Jarabe de Palo viene a decirnos que en lugar de pasar la vida hablando del tiempo o mirando al suelo, como hacemos en el ascensor, podríamos pasarla dando amor. Nada más conveniente y satisfactorio. GRACIAS, Pau, por la lección.
Hace unos días salí a caminar y llegué hasta el árbol que plantó mi abuelo, el padre de mi padre, en lo que en tiempos fue huerta fértil y hoy es terreno yermo, cubierto de matojos, tocante a una de esas avenidas grandes del extrarradio que canalizan ruidos, prisas y malos humos. En el camino me crucé con personas que también habían salido a caminar. La gran mayoría, disciplinados, llevábamos mascarilla. Unos miraban al suelo, otros al horizonte. Algunos iban oyendo música con sus auriculares, como yo. No vi a nadie golpeando cacerolas, tampoco yo sentí esa necesidad. Respiré profundamente todo lo que pude, todo lo que me permitía el filtro, e intenté acompasar el ritmo de mis pasos al de mis pensamientos y al de la música que escuchaba. Música, puerto seguro. Llegué al árbol justo cuando el sol se estaba poniendo y ahí no pensé nada, simplemente sentí.
La música es un puerto seguro, digo, pero no es anestesiante, precisamente. Te saca lo que lleves en la bodega del barco, te agita los sentimientos. Puedes emplearla para regularte, para subirte o para bajarte los niveles, para dar más intensidad a tu alegría o a tu pena o para intentar contrarrestarlas, aunque sea por un rato. Hay música que asocias a aquellos momentos en los que más la escuchaste, y cuando la vuelves a escuchar revives la alegría o la pena que sentiste hace años. Hay canciones, grupos o cantantes que aparecen en el momento preciso. En este momento ha aparecido Pau Donés y lo ha hecho como agua de mayo.
Empecé a escuchar a Jarabe de Palo al poco de sacar su primer disco, La Flaca, mismo título de la canción que fue su primer éxito. Fue en el verano de 1997. Rápidamente me empezaron a gustar todas sus canciones casi más que La Flaca. Desde entonces, como pasa con los grupos que más te gustan, Jarabe ha ido apareciendo y desapareciendo de mi sintonía. He ido comprando sus discos regularmente y me ha acompañado en multitud de situaciones. Ha sido un puerto seguro para disparar mi alegría y para consolarme en mis penas. Pero lo que ha supuesto su nuevo trabajo, 'Tragas o escupes', difícilmente lo puedo explicar con palabras. Es un gran disco que estoy escuchando en bucle desde que ha llegado a Spotify. Me ha entusiasmado, lo cual tiene un mérito tremendo en estos días.
He leído por ahí que es un disco 'buenrollista' y 'optimista', y aquí tengo que diferir. No me parece ninguna de las dos cosas. Es un disco que apela a la naturalidad de la existencia, a la raíz y a las hojas, a lo profundo e intangible de nuestra alma y a la piel que recubre nuestra carne y nuestros huesos. También he leído gilipolleces al respecto del 'desmejorado aspecto' de Pau Donés, incluso en titulares de noticia, en lo que supone un redoble de tambor del periodismo imbécil. Cualquiera con dos ojos y capacidad de visión puede apreciar y formarse juicio sobre si Donés está más o menos cambiado, o si la enfermedad con la que convive le atiza más o menos fuerte, de modo que hay que ser un periodista muy, pero que muy idiota para incluir en un titular ese tipo de apreciaciones. Bueno, en un titular o en el cuerpo de la noticia. Es de ser muy gilipollas. No merece más comentarios, pero como periodista que soy y como 'persona humana', tenía que decirlo.
Volviendo con el nuevo trabajo de Jarabe de Palo, me parece reconocible en sus maneras, en sus ritmos, en su lenguaje siempre sensible, siempre sencillo en el más bello sentido de la palabra. Por supuesto, repito, no es 'buenrollista' (otra palabra cuyo uso he de asignar a lo más gilipollas del género humano), sino esencial. Habla de la urgencia de la vida, de lo importante que es el uso que le damos a nuestro tiempo en este valle de lágrimas que, no obstante, puede ser maravilloso, como decía Andrés Montes. Habla de la conveniencia, de la necesidad, de la obligación de vivir en la inconsciente consciencia, o, si se quiere, en la consciente inconsciencia al respecto del paso del tiempo; de hacerlo intensamente; de compartir ese tiempo con las personas que queremos y que nos quieren. Habla, como digo, de la raíz y de las hojas de nuestra existencia.
No podría decir cuánto agradezco a Pau Donés que haya construido esta maravilla de disco, que haya escrito estas 11 canciones, estos 38 minutos y 36 segundos tan bien empleados, y que lo haya hecho justo ahora, cuando las olas nos arrastran y amenazan con hundirnos la balsa; que en mitad de tanto dolor y de tanta absurda cacerolada, de tanto ruido y de tanto insulto, ponga la música y la palabra que subrayan precisamente lo contrario: la solidaridad, la abnegación del personal de la sanidad pública y de las trabajadoras y trabajadores que en otros sectores también se han jugado el tipo. Me cuesta tanto expresar mi gratitud a Pau Donés como elegir una canción. Todas me agitan, todas me mueven, todas me llevan los pies y los latidos del corazón. Quizá podría referir 'Misteriosamente hoy', 'Valiente' o 'Tragas o escupes', o cualquiera de las otras que forman el disco, pero acabaré este texto con la canción que lo cierra: 'Besos en el ascensor'.
Si habéis leído algo sobre emprendimiento y tal, conoceréis aquello del 'elevator pitch', la exposición de tu idea de negocio en breves segundos, lo que dura un 'viaje' normal en un ascensor (de ahí su nombre); es condensar la esencia de lo que quieres hacer para contárselo a otros. Pues eso es lo que parece durar la vida, lo que dura un trayecto de ascensor, breve y con pocas paradas. Y es lo que me transmite esta canción, que también me trae el aroma de Fleetwood Mac y del mar (asocio el grupo inglés al mar porque durante una época me daba largas caminatas al amanecer por la playa mientras lo escuchaba). Jarabe de Palo viene a decirnos que en lugar de pasar la vida hablando del tiempo o mirando al suelo, como hacemos en el ascensor, podríamos pasarla dando amor. Nada más conveniente y satisfactorio. GRACIAS, Pau, por la lección.
miércoles, 8 de abril de 2020
Sin cobertura
Si dijera que no estoy roto, mentiría. Se ha ido mi padre y estoy roto. Da igual que la ley natural diga que el padre se tiene que ir antes que el hijo. Da igual que el mío fuera mayor y da igual que hace casi un año le detectaran una enfermedad incurable. Nada de eso mitiga, nada de eso me importa. Uno cree que se puede preparar para esto, pero es imposible. Es una ingenuidad, una pérdida de tiempo; como ver venir una tromba de agua y construir un dique de bolas de papel. Hace meses visualicé si sería capaz, cuando el llegara el día, de conservar la entereza en el funeral y en el entierro, en especial en ese horrible momento en el que sólo se oye la pala del albañil, el cemento y los ladrillos que tapan el nicho, pero ni siquiera hemos podido asistir al entierro de mi padre. ¿Cómo podíamos prever algo así? ¿Cómo prepararse? Que se haya ido justo ahora me rompe más. Es una putada enorme.
Hace algo más de un año mi padre conservaba su vitalidad. Salvo un par de intervenciones, salvo un par de balas que lo habían rozado, estaba perfectamente y todo el mundo le alababa no aparentar su edad. Era coqueto, cuidaba su aspecto y su higiene. Llevaba una dieta de las buenas, de las que ahora llaman ‘realfood’ pero que antes era sencillamente comida. Comida de cuchara, y fruta, mucha fruta. Había trabajado mucho, muchísimo durante toda su vida. En el negocio familiar y en la huerta. Nació y creció en una época muy jodida y perdió a su padre mucho antes de lo que lo he perdido yo. Luchó como un león en territorio hostil, en campo enemigo hasta que se murió el dictador, discreto siempre, sabiendo que lo primero era ganar el pan de la familia, pero llevando dentro sus convicciones ideológicas y el orgullo de ser de izquierdas.
Disciplinado, recto, serio, puntilloso, exigente, maniático, perfeccionista, precavido. Algunas de esas cosas parecen sinónimos, pero tienen sus matices. Mi padre era todas ellas y, en ocasiones, en exceso. De manera desesperante, a veces hiriente. Carismático, con una personalidad fuerte que imagino que le impuso su contexto, su vida. Pausado, dominador de sus silencios casi más que de sus palabras. Honrado, claro como el agua clara, guasón, amable, educado, sensible, dulce, culto, curioso. Siempre con ganas de saber y con ganas de leer, en sus manos siempre el periódico o un libro. En la tele las noticias, las tertulias o una buena película del oeste. Amante de la poesía, de Antonio Machado y de Miguel Hernández. No tuvo ocasión de estudiar más que un poco, lo suficiente para aprender a leer y a escribir (recibiendo golpes por su condición de zurdo), y para 'hacer cuentas'. Cabezota, terco, irreductible, difícil de mover de su idea de las cosas, de la rectitud de su pensar y de su proceder. De lo que veía correcto y de lo que veía incorrecto.
En sus últimos meses, apedreado, desgastado por la enfermedad, condensó y mostró todas esas cualidades, alguna de ellas perfectamente catalogable como ‘defecto’ por la dosis excesiva, y otras elevadas a lección de vida por lo mismo. La dignidad y la entereza con la que vio truncada su rutina y su salud, con la que aguantó su deterioro, con la que se dejó cuidar, nos deja aún más admirados y todavía más desolados. Tenía una última enseñanza y la mostró hasta el final. Antes de eso nos educó también con sus defectos. Creo que lo hizo lo mejor que pudo, aunque algunas veces no fuera suficiente.
Mi padre se ha ido y yo estoy roto. Me asomo a la terraza intentando respirar. Miro al frente y veo la ciudad de Murcia, su ciudad; luego miro a la derecha y veo la huerta, su huerta (o lo que queda de ella). Veo a lo lejos los pinos de Churra, de su Churra, y porciones de la tierra donde se desarrolló su vida entera, la tierra que recorrió miles de veces, la que cultivó, desde la que vio tantos atardeceres, como el que tengo ahora delante. Reflexiono y me doy cuenta de que todo esto que ven mis ojos lo he conocido de su mano. Todo lo que mi vista alcanza. Todos estos caminos, todos estos lugares me los enseñó él, como muchas otras cosas. Siento que con él se va parte de mi vida. Siento que se pierde su sabiduría. Dicen que a veces las cosas se aprenden mejor por comparación, por contraste, pero si el contraste llega con la pérdida, la enseñanza es dolorosa. El amparo que da un padre se aprecia más aún con el desamparo de su ausencia. Te quedas así, desamparado. Sin cobertura. Papá, ya siento que no me rodea esa energía tuya, esa capa invisible que me protegía. Ya estoy yo, aquí, de cara frente al mundo. Y ya te echo mucho de menos, papá. Sé que te debo un libro y te prometo que lo escribiré.
Hace algo más de un año mi padre conservaba su vitalidad. Salvo un par de intervenciones, salvo un par de balas que lo habían rozado, estaba perfectamente y todo el mundo le alababa no aparentar su edad. Era coqueto, cuidaba su aspecto y su higiene. Llevaba una dieta de las buenas, de las que ahora llaman ‘realfood’ pero que antes era sencillamente comida. Comida de cuchara, y fruta, mucha fruta. Había trabajado mucho, muchísimo durante toda su vida. En el negocio familiar y en la huerta. Nació y creció en una época muy jodida y perdió a su padre mucho antes de lo que lo he perdido yo. Luchó como un león en territorio hostil, en campo enemigo hasta que se murió el dictador, discreto siempre, sabiendo que lo primero era ganar el pan de la familia, pero llevando dentro sus convicciones ideológicas y el orgullo de ser de izquierdas.
Disciplinado, recto, serio, puntilloso, exigente, maniático, perfeccionista, precavido. Algunas de esas cosas parecen sinónimos, pero tienen sus matices. Mi padre era todas ellas y, en ocasiones, en exceso. De manera desesperante, a veces hiriente. Carismático, con una personalidad fuerte que imagino que le impuso su contexto, su vida. Pausado, dominador de sus silencios casi más que de sus palabras. Honrado, claro como el agua clara, guasón, amable, educado, sensible, dulce, culto, curioso. Siempre con ganas de saber y con ganas de leer, en sus manos siempre el periódico o un libro. En la tele las noticias, las tertulias o una buena película del oeste. Amante de la poesía, de Antonio Machado y de Miguel Hernández. No tuvo ocasión de estudiar más que un poco, lo suficiente para aprender a leer y a escribir (recibiendo golpes por su condición de zurdo), y para 'hacer cuentas'. Cabezota, terco, irreductible, difícil de mover de su idea de las cosas, de la rectitud de su pensar y de su proceder. De lo que veía correcto y de lo que veía incorrecto.
En sus últimos meses, apedreado, desgastado por la enfermedad, condensó y mostró todas esas cualidades, alguna de ellas perfectamente catalogable como ‘defecto’ por la dosis excesiva, y otras elevadas a lección de vida por lo mismo. La dignidad y la entereza con la que vio truncada su rutina y su salud, con la que aguantó su deterioro, con la que se dejó cuidar, nos deja aún más admirados y todavía más desolados. Tenía una última enseñanza y la mostró hasta el final. Antes de eso nos educó también con sus defectos. Creo que lo hizo lo mejor que pudo, aunque algunas veces no fuera suficiente.
Mi padre se ha ido y yo estoy roto. Me asomo a la terraza intentando respirar. Miro al frente y veo la ciudad de Murcia, su ciudad; luego miro a la derecha y veo la huerta, su huerta (o lo que queda de ella). Veo a lo lejos los pinos de Churra, de su Churra, y porciones de la tierra donde se desarrolló su vida entera, la tierra que recorrió miles de veces, la que cultivó, desde la que vio tantos atardeceres, como el que tengo ahora delante. Reflexiono y me doy cuenta de que todo esto que ven mis ojos lo he conocido de su mano. Todo lo que mi vista alcanza. Todos estos caminos, todos estos lugares me los enseñó él, como muchas otras cosas. Siento que con él se va parte de mi vida. Siento que se pierde su sabiduría. Dicen que a veces las cosas se aprenden mejor por comparación, por contraste, pero si el contraste llega con la pérdida, la enseñanza es dolorosa. El amparo que da un padre se aprecia más aún con el desamparo de su ausencia. Te quedas así, desamparado. Sin cobertura. Papá, ya siento que no me rodea esa energía tuya, esa capa invisible que me protegía. Ya estoy yo, aquí, de cara frente al mundo. Y ya te echo mucho de menos, papá. Sé que te debo un libro y te prometo que lo escribiré.
jueves, 2 de enero de 2020
Cuando fuimos campeones
Las personas que habéis tenido la paciencia de leerme/escucharme hablando sobre baloncesto en los últimos años, sabréis lo insistente que he sido siempre en el reconocimiento y la difusión de la historia del primer equipo de baloncesto de la Región de Murcia, por muchos motivos: por el propio placer de recordar cómo vivimos lo que vivimos, por darlo a conocer a quienes no lo vivieron y por fomentar el sentimiento de pertenencia de la gente hacia su equipo, que es una de las formas más evidentes y provechosas de fidelizar al público, de tenerlo junto a su equipo, de que lo defienda ante las amenazas y lo anime en los momentos difíciles.
En ese empeño me he hipotecado hasta la incomprensión y el destierro, mientras miro con cierta envidia, sana de verdad, la manera en la que la mayor parte de la afición del Real Murcia reivindica su escudo, su historia y su identidad, y lo defiende con orgullo. De todos es sabido que mi deporte favorito es el baloncesto -se me queda corta la expresión... más que mi deporte favorito, diría que el baloncesto corre por mis venas-, pero desde hace unos años me siento muy del Real Murcia y de su gente. Los admiro. Me quito el sombrero. Ya soy uno de ellos.
El motivo de esta entrada es compartir los fragmentos de audio con subtítulos en español de la entrevista que le hice a John Ebeling en 2010. Se trata de una charla y de un relato muy especiales. Cuando algunos menosprecian la historia del club diciendo que este equipo siempre se ha arrastrado (hasta que algunos inventaron la rueda), o que nunca ha hecho grandes cosas (hasta que algunos nos trajeron el fuego), o que nunca ha jugado Copa del Rey (falso, la ha jugado varias veces y ha llegado a semifinales), yo me acuerdo de cosas como las que hizo el CB Murcia de la 1993/94.
Cuando se habla de las mejores temporadas de su historia, se cita la 2015/16 en la que terminó 7º y jugó playoffs por el título (y ganó un partido), bajo la propiedad de UCAM y la dirección deportiva de Alejandro Gómez. Obviamente, es así: aquella fue la mejor temporada en la historia del club. Aún bajo el mismo auspicio, están la 2014/15 y la 2017/18, que acabaron con balance de 17-17, incluyendo en esta última el bronce en una competición europea.
Tras esas temporadas se suele señalar alguna de las de Polaris World, pero antes, sobre todo, se habla de la 1994/95 con Juan Valverde todavía a los mandos, en la que el balance fue de 18-20, y la 1991/92 en la que se jugó playoffs y se quedó a un sólo punto de entrar en competición europea. Más atrás se podría señalar la 1990/91, la del debut en ACB, un gran año que finalmente se le hizo al equipo demasiado largo.
Pero, a lo que iba, la 1993/94 está en el corazón de la gente como un año especial. Y trascendental, debo decir. Aquella temporada era muy, muy importante, entre otras cosas, porque la ciudad estaba terminando de construir una instalación de primer orden como el Palacio de los Deportes. Mudarse al nuevo y flamante pabellón al año siguiente con el equipo en LEB hubiera sido desastroso. Y ese desastre estuvo muy cerca.
De la historia se puede aprender, la historia puede aportar referentes para el tiempo presente. Aquel CB Murcia era un equipo hecho con palicos y cañicas. Tenía a Oleart en el banquillo, y en la pista contaba con guerreros que nunca se daban por vencidos. Que no dejaban de luchar. Y en la grada, con una afición entregada que valoraba el esfuerzo de los suyos, que los animaba sin descanso en la derrota porque veía que el equipo nunca se daba por vencido. Aquel equipo perdió muchos partidos en los últimos segundos, ¿os suena? Aquel equipo se vio contra las cuerdas en el playoff por la permanencia. Y aquel equipo hizo algo enorme, más difícil que ganar un campeonato y que sienta, como mínimo, igual de bien: remontar un 2-0 en una eliminatoria a cinco partidos y con el factor cancha en contra.
Solamente ha pasado dos veces en la historia de la ACB, la mencionada del CB Murcia y otra anterior del CB Granada. Nunca más se ha producido algo así. Historia. Y de la buena, además. No escucharéis a nadie del actual club sacando pecho de aquella temporada, bien por desconocimiento o bien por puro desprecio, pero me gustaría que la gente lo recordara si lo vivió, y lo conozca si no lo vivió, para encontrar una respuesta al momento actual y animar sin descanso al equipo en esta temporada 2019/20. Es una enseñanza: da igual que se pierdan muchos partidos en los últimos segundos siempre que haya alguien animando dentro y fuera del equipo; siempre que el equipo tenga amor propio, rabia, alma. Ojalá así sea.
John Ebeling fue el líder de un equipo campeón. También merece recuerdo, homenaje, reconocimiento, como todo aquel equipo. Yo estuve en Valladolid hace 26 años. Esta es una historia de película. Esta es la historia de un equipo campeón.
En ese empeño me he hipotecado hasta la incomprensión y el destierro, mientras miro con cierta envidia, sana de verdad, la manera en la que la mayor parte de la afición del Real Murcia reivindica su escudo, su historia y su identidad, y lo defiende con orgullo. De todos es sabido que mi deporte favorito es el baloncesto -se me queda corta la expresión... más que mi deporte favorito, diría que el baloncesto corre por mis venas-, pero desde hace unos años me siento muy del Real Murcia y de su gente. Los admiro. Me quito el sombrero. Ya soy uno de ellos.
El motivo de esta entrada es compartir los fragmentos de audio con subtítulos en español de la entrevista que le hice a John Ebeling en 2010. Se trata de una charla y de un relato muy especiales. Cuando algunos menosprecian la historia del club diciendo que este equipo siempre se ha arrastrado (hasta que algunos inventaron la rueda), o que nunca ha hecho grandes cosas (hasta que algunos nos trajeron el fuego), o que nunca ha jugado Copa del Rey (falso, la ha jugado varias veces y ha llegado a semifinales), yo me acuerdo de cosas como las que hizo el CB Murcia de la 1993/94.
Cuando se habla de las mejores temporadas de su historia, se cita la 2015/16 en la que terminó 7º y jugó playoffs por el título (y ganó un partido), bajo la propiedad de UCAM y la dirección deportiva de Alejandro Gómez. Obviamente, es así: aquella fue la mejor temporada en la historia del club. Aún bajo el mismo auspicio, están la 2014/15 y la 2017/18, que acabaron con balance de 17-17, incluyendo en esta última el bronce en una competición europea.
Tras esas temporadas se suele señalar alguna de las de Polaris World, pero antes, sobre todo, se habla de la 1994/95 con Juan Valverde todavía a los mandos, en la que el balance fue de 18-20, y la 1991/92 en la que se jugó playoffs y se quedó a un sólo punto de entrar en competición europea. Más atrás se podría señalar la 1990/91, la del debut en ACB, un gran año que finalmente se le hizo al equipo demasiado largo.
Pero, a lo que iba, la 1993/94 está en el corazón de la gente como un año especial. Y trascendental, debo decir. Aquella temporada era muy, muy importante, entre otras cosas, porque la ciudad estaba terminando de construir una instalación de primer orden como el Palacio de los Deportes. Mudarse al nuevo y flamante pabellón al año siguiente con el equipo en LEB hubiera sido desastroso. Y ese desastre estuvo muy cerca.
De la historia se puede aprender, la historia puede aportar referentes para el tiempo presente. Aquel CB Murcia era un equipo hecho con palicos y cañicas. Tenía a Oleart en el banquillo, y en la pista contaba con guerreros que nunca se daban por vencidos. Que no dejaban de luchar. Y en la grada, con una afición entregada que valoraba el esfuerzo de los suyos, que los animaba sin descanso en la derrota porque veía que el equipo nunca se daba por vencido. Aquel equipo perdió muchos partidos en los últimos segundos, ¿os suena? Aquel equipo se vio contra las cuerdas en el playoff por la permanencia. Y aquel equipo hizo algo enorme, más difícil que ganar un campeonato y que sienta, como mínimo, igual de bien: remontar un 2-0 en una eliminatoria a cinco partidos y con el factor cancha en contra.
Solamente ha pasado dos veces en la historia de la ACB, la mencionada del CB Murcia y otra anterior del CB Granada. Nunca más se ha producido algo así. Historia. Y de la buena, además. No escucharéis a nadie del actual club sacando pecho de aquella temporada, bien por desconocimiento o bien por puro desprecio, pero me gustaría que la gente lo recordara si lo vivió, y lo conozca si no lo vivió, para encontrar una respuesta al momento actual y animar sin descanso al equipo en esta temporada 2019/20. Es una enseñanza: da igual que se pierdan muchos partidos en los últimos segundos siempre que haya alguien animando dentro y fuera del equipo; siempre que el equipo tenga amor propio, rabia, alma. Ojalá así sea.
John Ebeling fue el líder de un equipo campeón. También merece recuerdo, homenaje, reconocimiento, como todo aquel equipo. Yo estuve en Valladolid hace 26 años. Esta es una historia de película. Esta es la historia de un equipo campeón.
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