A su vez, mi faceta de espectador incluía las dos vertientes: por un lado, el directo, con el CB Murcia en aquella segunda categoría llamada 1ª-B, en la que daba rienda suelta a mis emociones, en el viejo pabellón Príncipe de Asturias (que por entonces, de viejo no tenía nada); y el visionado a través de la tele, en el que consumía ACB con ojos despiertos para disfrutar del juego y aprender, al tiempo que me imaginaba que algún día mi equipo del alma competiría con los mejores y también saldría por televisión. Eso sí, viendo ACB casi siempre me posicionaba para darle un poco de picante al asunto. Generalmente del lado del equipo más débil, o del de alguna ciudad que me gustase o de la ciudad que estuviera más cerca de Murcia.
Por otro lado, todavía dentro del 'modo tele', estaba la Selección Española de aquellos años en los que los éxitos no eran tan habituales como ahora, y sí las decepciones, pero en los que siempre vivía los partidos casi con la misma ilusión y pasión con los que veía a 'mi' CB Murcia.
Fuera de todos los registros, 'muy fuera' de mis intereses baloncestísticos, yo situaba a la NBA. La veía como algo demasiado lejano, demasiado diferente. Alguna vez escuché a Trecet, sí, y vi en el Telediario y en algún programa deportivo las andanzas más llamativas de Magic, Jabbar, Bird y Jordan. Y lo mismo cuando el Plus se hizo con los derechos de dicha competición y entraron en escena Montes y Daimiel. Sí, sabía que eso existía, pero no le echaba cuentas. Pensaba incluso que era incompatible, que había que decantarse de un bando o del otro, de ACB o de NBA, como te decantabas entre Colacao o Nesquik, Cocacola o Pepsi, Danone o Yoplait.
Por entonces yo pensaba que el norteamericano era un juego individualista. Pensaba que era un juego poco trabajado. Pensaba, o se me hizo creer, un montón de topicazos absurdos. Además, el perfil y las características de algunos de los muy aficionados a la NBA que me tropezaba, me reforzaban en la idea de incompatibilidad entre el baloncesto español/europeo y el baloncesto estadounidense: con perdón, los veía un tanto 'flipaos', muy frikis de lo friki, por usar una expresión suave. No, no me interesaba la NBA.
Cuando Fernando Martín se fue a Portland, yo fui de los que le dolió, de los que no lo entendió. ¿Os lo podéis creer? Hasta ahí llegaba el chovinismo 'idiótico' que nos atenazaba a muchos aficionados al baloncesto en la España de la época. "¿Cómo es que se va del Real Madrid, de la liga española, a jugar con los americanos? ¿Acaso no somos suficiente para él? ¿Qué se le ha perdido allí?". Preguntas tan imbéciles como esas fueron formuladas; si no vivíais en aquella época, yo os lo aseguro.
Otro tanto, aunque algo atenuado, pasó cuando se marchó ET, don Pau Gasol. "Es demasiado joven... Aún no ha hecho casi nada aquí... Necesita aprender más, jugar más minutos en España... Va a fracasar". Pues no, no fracasó, y además, él y los siguientes jugadores españoles que fueron llegando a la NBA sirvieron para acercar la liga estadounidense a quienes, como yo, no lo teníamos del todo claro. Y al ser "de los nuestros", la curiosidad picó a más de uno... Pero a mí, sin embargo, tampoco me picó lo suficiente. Disfruté de las jugadas de Pau en Memphis, y luego de su llegada a los míticos Lakers, y también lo pasé bien viendo a Jose Calderón en aquellos Raptors junto a Chris Bosh... Hasta compré y me leí el libro Canastas sagradas de Phil Jackson, y una camiseta de los Knicks con el dorsal de Marbury, y una amiga me trajo de Nueva York una camiseta de los Raptors con el dorsal de Calderón (me encanta esa camiseta). Pero no hice mucho más. Nada más.
Y llegamos a fechas más recientes. Un buen día de hace unos años, a falta de otros vicios que consumieran mi hacienda, decidí abonarme a Movistar Plus para ver la liga ACB, y en el mismo 'pack' comencé a ver por casualidad algún partido en diferido de la NBA. Caían ante mí y los veía un rato. Me fui picando poco a poco viendo las auténticas barbaridades (en el buen sentido) que son capaces de hacer. Me animé poco a poco más con el maravilloso sentido del espectáculo que tienen, con esos pabellones, con esos videomarcadores, con esas repeticiones donde lo que acabas de ver 'a cámara rápida', y que parece imposible, se te muestra a cámara lenta y te lleva a pensar que, en efecto, es imposible y que aun así es cierto; como digo, me reenamoré del baloncesto. Me enamoré más perdidamente del baloncesto enamorándome de la NBA. ¿Cómo me he estado perdiendo yo este espectáculo?
En ese contexto de "pero pijo, esto es muy grande", llegaron los playoffs de 2016 y por primera vez me levanté de madrugada para ver los partidos de la final en directo, de aquel Warriors - Cavs del 3-1 y de la remontada, y de aquel séptimo partido que fue una auténtica locura. Lo que disfruté aquella madrugada con el triunfo de Cleveland, lo que salté en el sofá, yo sólo, conteniendo los gritos... Lo mucho que flipé, es que no lo puedo explicar. Y me hice de LeBron y de Cavaliers, y pedí a mis allegados que me regalaran una gorra y una camiseta de Cavs. Y aún más: seguramente fui la única persona en España (o una de las únicas) que se sacó el abono del League Pass solamente para los partidos de Cleveland (fijaos ahora qué desastre el equipo de Cleveland). Más que 'friki', 'refriki'.
A que me enganchase a la NBA contribuyeron no solamente los jugadores y sus jugadas, ciertamente de otro planeta, y no solamente la propia competición, que en líneas generales es una maravilla organizativa (el uso de las tecnologías, los arbitrajes, el sistema de competición, los diseños de los escudos, de las equipaciones, los vídeos promocionales, la música...), sino también los periodistas de Movistar Plus, en especial gente como Guillermo Giménez, Piti Hurtado, Ántoni Daimiel, Ramón Fernández y Antonio Sánchez. Todos personas inteligentes y con sentido del humor, que mezclan la narración y los comentarios del baloncesto con los comentarios de la vida misma, con la buena música (con la que me gusta, vaya), con el cine o con mil historias más. Unos figuras.
La NBA, como fenómeno no solamente norteamericano (a pesar de tanta bandera y tanto himno, lo que menos me gusta), es depositaria del sueño de muchos niños sin importar dónde hayan nacido: ya hayan salido de un barrio marginal de Atenas, del extrarradio violento y sin esperanza de alguna ciudad estadounidense, del cinturón industrial de Barcelona o de la aldea más recóndita de África.
La NBA es también generadora de mitos y de historias que casi parecen leyendas, ya sea de un jugador en concreto, ya de un equipo, ya de un entrenador o de una situación límite que se revierte. La NBA es creadora de historias muy, muy literarias; o cinematográficas, si os gusta más lo audiovisual. La NBA es un sinfín de datos y de líneas paralelas y perpendiculares que, para mi gusto (o mi disgusto), dura muy poco. Y eso que son 82 partidos de liga regular y cuatro rondas de siete partidos en playoffs... Y para más decir, está la cuestión racial y de los derechos sociales, que tanto les ha costado (y les cuesta) alcanzar.
Incluso me gusta el hecho de que, en comparación con otros 'negocios deportivos' estadounidenses, la NBA sea una 'empresa' progresista, por así decir (y siempre con muchas prevenciones); que sea contestataria con el conservadurismo más rancio de aquel país, que se moje en algunas cuestiones, que cuide de eso que llaman 'responsabilidad social corporativa', que responda a las legislaciones retrógradas de algunos estados... Valga como muestra los palos que tíos como LeBron o Curry le dan a Trump, al que todavía no ha acudido a visitar a la Casa Blanca ningún campeón de la NBA.
En fin, que la NBA no deja de ser un inmenso negocio y una máquina de fabricar dinero, pero también es una máquina de generar entusiasmo por el baloncesto. De modo que aquí me encuentro ahora, nervioso cada vez que llega octubre y se aproxima el comienzo de la temporada. Con muchas ganas. Sigo pensando que es un mundo éste, el de la NBA, muy dado al 'flipismo', yo mismo casi me veo como tal, y, sin acritud, todavía me tropiezo a 'flipaos' por las redes que discuten una opinión inocente como si tuvieran la verdad revelada, pero bueno, realmente eso pasa en casi todos los ámbitos. También reconozco que aún no controlo todos los pormenores normativos, los contractuales y demás historias, que todavía se me escapan. Y añado que hay cosas que me desconciertan y no me terminan de convencer, como el tejemaneje de los traspasos... La cara más áspera del mercadeo.
Y más: no me gusta el uso y el abuso de términos anglosajones en los medios españoles que se dedican a la NBA, o en los comentarios de las redes o en las narraciones de los partidos: chorradas (con perdón) que surgen de traducciones literales que son erróneas, como lo de 'las finales' (es 'la final', pijo, una única final, aunque se juegue en una eliminatoria a varios partidos), la 'post-temporada' (¿qué pijo es eso? ¿Acaso la temporada acaba con la liga regular? ¿Qué son los playoffs, precisamente, si no la parte más sabrosa de la 'season', de la propia temporada?), o el 'finger-roll', el 'fade-away', el 'step-back', el 'miss-match'... Para todo eso hay expresiones en castellano, ¡usémoslas!
En cuestiones estrictamente deportivas, también debo decir que no comulgo con el estilo de juego de todos los equipos, y que hay entrenadores que me gustan más y otros que me gustan menos, equipos que me gusta más ver y otros que me dan picores (que no picorcitos)... Y costumbres de los jugadores norteamericanos que son una idiotez y que, si llega el caso, iré señalando en futuras entradas de este blog. También opino que el baloncesto FIBA, por así llamarlo, y el de la NBA, a veces pueden parecer juegos diferentes, pero ambos crean la amalgama que forma este deporte tan asombroso y divertido, el baloncesto, con sus múltiples aristas y matices. Ambos mundos lo enriquecen.
En próximos textos comentaré más cosas sobre la NBA, aceptando y agradeciendo siempre los comentarios y aportaciones de quienes conozcan más y mejor esta liga que yo.
Y acabo con una de las entradillas más chulas que, en mi humilde opinión, se ha hecho desde la competición estadounidense para introducir la eliminatoria final, por muchos motivos: por la canción de Steve Wonder, musicote; por las imágenes elegidas, plásticas, estéticas, cojonudas; por el tributo y agradecimiento constante que hace esta liga al pasado, a aquellos que hicieron de la NBA lo que es hoy; y por la clara alusión (que es a la vez una declaración de intenciones) al carácter planetario y universal de la NBA, que bebe de todas las fuentes del mundo, que es multi-cultural, multi-racial, y que alimenta y se deja alimentar por la ilusión de l@s amantes del baloncesto sea donde sea que vivan o hayan nacido. Hasta el último rincón de la Tierra. Vuelve la NBA... ¡Se nos viene la locura!
No hay comentarios:
Publicar un comentario