sábado, 2 de noviembre de 2019

Cociendo habas para l@s niñ@s

Es curioso que el tiempo borre el origen de muchos refranes y que aun así sigamos entendiéndolos porque encierran una verdad; que todavía hoy seamos capaces de reconocer su significado y su vigencia. Pasa con el de "en todas partes cuecen habas". Seguramente estamos a un 'click' de descifrar la razón de que ese hecho, el de cocer habas (pobres, con lo ricas que están), se coronara como metáfora popular para proclamar que en todos lados se cometen errores, que en todos lados hay miserias y defectos, y que nadie puede decir que él o ella misma y sus cosas caminan sin mácula sobre las aguas.

Es una postura la mar de ingenua, ésa de pensar que lo tuyo, lo que tú amas o aquello que te gusta (o tú mismo), posee (o posees) toda la belleza y la bondad y la perfección de la que es capaz el Universo. Es bastante infantil, y que la infancia me perdone, porque creo que hace mucho tiempo que los adultos hemos reunido los defectos atribuidos tradicionalmente a los niños, mientras que los niños de hoy nos demuestran cada día lo ineptos e idiotas que somos los mayores.

Digo que es una postura absurda y naif que, tirando por lo global y trascendente, reconozco en los fanatismos religiosos o en los nacionalismos, por ejemplo: en esa forma excluyente y negativa de pensar que lo sobrenatural que tú crees, o el pedazo de tierra donde la casualidad te ha llevado a nacer, es lo mejor de lo mejor, sobre todo y especialmente porque lo sobrenatural que creen los demás y el pedazo de tierra donde la casualidad les ha llevado a nacer es mentira y es peor. Es una postura ridícula que me causa bastante vergüenza ajena.

Tirando por lo pedestre y lo menos trascendente, sigue siendo una postura absurda que he llegado a reconocer en mí mismo cuando era crío, cuando los críos teníamos los defectos que hoy tenemos muchos adultos. Entre otras cosas, llegué a pensar, con ese aire chovinista que el ser humano aplica en tantos ámbitos, que en todo lo que rodea al baloncesto estaba el bien, la bondad máxima, mientras que en otros ámbitos y deportes sólo había barbarie. Se trataba de la idealización de un colectivo, el de los amantes y aficionados al baloncesto, tan ridícula como la de los fieles de determinada creencia religiosa o la de los nacidos en una determinada porción de suelo terráqueo con características culturales definitorias y particulares. Una mentira.

De crío pensaba que el colectivo baloncestístico era sinónimo de gente buena, deportiva, pacífica, culta, educada... Y de izquierdas. Oye, y yo ya sabía antes, y sé ahora, que también hay gente buena de derechas y mala de izquierdas, así como cultos malos y gente sin educación con una bondad inabarcable. No quiero perderme en estos detalles, supongo que me entendéis: tenía idealizado al colectivo baloncestístico como el culmen de la perfección. La perfección según yo. Pero resulta que no, que además de todas esas casuísticas alternativas y reales como la vida misma que acabo de enumerar, en el colectivo del baloncesto hay gañanes, odiadores, envidiosos, agresivos, caparras, petardos. Hay de todo.

Os preguntaréis, las cuatro o cinco personas que leáis esto: ¿Adónde querrá ir a parar el caparra éste? (Demostración de que en el colectivo del baloncesto hay caparras: yo soy uno de ellos). Pues esto venía a cuenta del lamentable incidente en el que una señora agredió y amenazó a un árbitro en un partido cadete femenino en nuestra Región. Y viene a cuenta de que, en efecto, estas cosas pasan en el baloncesto como en otros deportes, y pasan porque el baloncesto, y los otros deportes, y la política, y la religión, y otras muchas cosas que nos ocupan y nos preocupan, son asuntos humanos. No son asuntos divinos, son asuntos imperfectos que pueden ser maravillosos porque los humanos somos maravillosos, y que también pueden ser repugnantes porque los humanos somos repugnantes.

Se habla del mal ejemplo que se da a las niñas y niños atónitos de todo el mundo que ven a Joel Enbiid hacer gestos de orgullo juguetón y testosterónico, tras protagonizar un lamentable y ridículo agarrón con Karl Anthony Towns en un partido de la NBA. Y se habla del mal ejemplo que da la tipa ésta que se cruza media pista en un partido cadete para agredir y amenazar a un árbitro (a un crío) de 19 años. Son un mal ejemplo, un ejemplo de que en todas partes cuecen habas.

Después de darle un 'pensao' a la cuestión, tanto a Embiid como a la tipa les resto su capacidad para influir negativamente en la infancia, porque las niñas y niños, en su gran mayoría, son capaces de discernir y de aprender también por descarte, por identificación de lo que está mal, de lo penoso que se les muestra en casa o en la tele o en la calle o en el cole; de las actitudes y acciones repugnantes, egoístas y poco éticas de los mayores: saltarse un semáforo, hablar con agresividad, tirar basura en el suelo, no reciclar...

No debemos renunciar a educar en valores como el respeto y la deportividad en el baloncesto, un deporte tan bello y apasionante, pero tampoco hay que renunciar a ello en la vida en general. Lo de Embiid y lo del partido de cadetes son acciones que hay que denunciar y señalar, por supuesto, y a renglón seguido añado que estoy convencido de que iremos a mejor porque tengo esperanza. Qué le vamos a hacer, no la he perdido aún. Igual si me preguntáis mañana os digo que no. Hoy pienso que sí. Quiero pensar que la gran mayoría de las niñas y niños de hoy saben que en el colectivo del baloncesto, como en el de los torneros fresadores, la abogacía, el ajedrez o el calzado, o entre los fieles de determinada religión o entre los ciudadanos de determinado lugar, hay gente buena capaz de enseñarles con su ejemplo lo que está bien, y también idiotas dispuestos a enseñarles con su ejemplo que, en efecto, en todas partes cuecen habas. Algo que yo, cuando tenía su edad, aún no sabía.

Por gusto, para acabar, música:

No hay comentarios:

Publicar un comentario