lunes, 21 de octubre de 2019

Vuelve la NBA... ¡Se nos viene la locura!

Hace muchos, muchos años, cuando, siendo niño, me enamoré de este deporte, lo introduje en mi vida con sus dos registros, jugarlo y verlo, y los llevé a la práctica con la máxima ilusión e intensidad. A veces, de manera tan enfermiza como para ver el partido televisado del sábado por la mañana en mi casa de la huerta, y en cada tiempo muerto o descanso, salir corriendo a lanzar a mi canasta rural y luego volver corriendo ante la tele para no perderme nada. Porque esa es otra: cuando te enamoras del baloncesto, te aseguras de tener siempre a mano, a una distancia razonable, un balón y una canasta. Vayas donde vayas. Ese 'friki' fui yo, cuando aún no sabíamos de la existencia de lo 'friki'.

A su vez, mi faceta de espectador incluía las dos vertientes: por un lado, el directo, con el CB Murcia en aquella segunda categoría llamada 1ª-B, en la que daba rienda suelta a mis emociones, en el viejo pabellón Príncipe de Asturias (que por entonces, de viejo no tenía nada); y el visionado a través de la tele, en el que consumía ACB con ojos despiertos para disfrutar del juego y aprender, al tiempo que me imaginaba que algún día mi equipo del alma competiría con los mejores y también saldría por televisión. Eso sí, viendo ACB casi siempre me posicionaba para darle un poco de picante al asunto. Generalmente del lado del equipo más débil, o del de alguna ciudad que me gustase o de la ciudad que estuviera más cerca de Murcia.

Por otro lado, todavía dentro del 'modo tele', estaba la Selección Española de aquellos años en los que los éxitos no eran tan habituales como ahora, y sí las decepciones, pero en los que siempre vivía los partidos casi con la misma ilusión y pasión con los que veía a 'mi' CB Murcia.

Fuera de todos los registros, 'muy fuera' de mis intereses baloncestísticos, yo situaba a la NBA. La veía como algo demasiado lejano, demasiado diferente. Alguna vez escuché a Trecet, sí, y vi en el Telediario y en algún programa deportivo las andanzas más llamativas de Magic, Jabbar, Bird y Jordan. Y lo mismo cuando el Plus se hizo con los derechos de dicha competición y entraron en escena Montes y Daimiel. Sí, sabía que eso existía, pero no le echaba cuentas. Pensaba incluso que era incompatible, que había que decantarse de un bando o del otro, de ACB o de NBA, como te decantabas entre Colacao o Nesquik, Cocacola o Pepsi, Danone o Yoplait.

Por entonces yo pensaba que el norteamericano era un juego individualista. Pensaba que era un juego poco trabajado. Pensaba, o se me hizo creer, un montón de topicazos absurdos. Además, el perfil y las características de algunos de los muy aficionados a la NBA que me tropezaba, me reforzaban en la idea de incompatibilidad entre el baloncesto español/europeo y el baloncesto estadounidense: con perdón, los veía un tanto 'flipaos', muy frikis de lo friki, por usar una expresión suave. No, no me interesaba la NBA.

Cuando Fernando Martín se fue a Portland, yo fui de los que le dolió, de los que no lo entendió. ¿Os lo podéis creer? Hasta ahí llegaba el chovinismo 'idiótico' que nos atenazaba a muchos aficionados al baloncesto en la España de la época. "¿Cómo es que se va del Real Madrid, de la liga española, a jugar con los americanos? ¿Acaso no somos suficiente para él? ¿Qué se le ha perdido allí?". Preguntas tan imbéciles como esas fueron formuladas; si no vivíais en aquella época, yo os lo aseguro.

Otro tanto, aunque algo atenuado, pasó cuando se marchó ET, don Pau Gasol. "Es demasiado joven... Aún no ha hecho casi nada aquí... Necesita aprender más, jugar más minutos en España... Va a fracasar". Pues no, no fracasó, y además, él y los siguientes jugadores españoles que fueron llegando a la NBA sirvieron para acercar la liga estadounidense a quienes, como yo, no lo teníamos del todo claro. Y al ser "de los nuestros", la curiosidad picó a más de uno... Pero a mí, sin embargo, tampoco me picó lo suficiente. Disfruté de las jugadas de Pau en Memphis, y luego de su llegada a los míticos Lakers, y también lo pasé bien viendo a Jose Calderón en aquellos Raptors junto a Chris Bosh... Hasta compré y me leí el libro Canastas sagradas de Phil Jackson, y una camiseta de los Knicks con el dorsal de Marbury, y una amiga me trajo de Nueva York una camiseta de los Raptors con el dorsal de Calderón (me encanta esa camiseta). Pero no hice mucho más. Nada más.

Y llegamos a fechas más recientes. Un buen día de hace unos años, a falta de otros vicios que consumieran mi hacienda, decidí abonarme a Movistar Plus para ver la liga ACB, y en el mismo 'pack' comencé a ver por casualidad algún partido en diferido de la NBA. Caían ante mí y los veía un rato. Me fui picando poco a poco viendo las auténticas barbaridades (en el buen sentido) que son capaces de hacer. Me animé poco a poco más con el maravilloso sentido del espectáculo que tienen, con esos pabellones, con esos videomarcadores, con esas repeticiones donde lo que acabas de ver 'a cámara rápida', y que parece imposible, se te muestra a cámara lenta y te lleva a pensar que, en efecto, es imposible y que aun así es cierto; como digo, me reenamoré del baloncesto. Me enamoré más perdidamente del baloncesto enamorándome de la NBA. ¿Cómo me he estado perdiendo yo este espectáculo?

En ese contexto de "pero pijo, esto es muy grande", llegaron los playoffs de 2016 y por primera vez me levanté de madrugada para ver los partidos de la final en directo, de aquel Warriors - Cavs del 3-1 y de la remontada, y de aquel séptimo partido que fue una auténtica locura. Lo que disfruté aquella madrugada con el triunfo de Cleveland, lo que salté en el sofá, yo sólo, conteniendo los gritos... Lo mucho que flipé, es que no lo puedo explicar. Y me hice de LeBron y de Cavaliers, y pedí a mis allegados que me regalaran una gorra y una camiseta de Cavs. Y aún más: seguramente fui la única persona en España (o una de las únicas) que se sacó el abono del League Pass solamente para los partidos de Cleveland (fijaos ahora qué desastre el equipo de Cleveland). Más que 'friki', 'refriki'.

A que me enganchase a la NBA contribuyeron no solamente los jugadores y sus jugadas, ciertamente de otro planeta, y no solamente la propia competición, que en líneas generales es una maravilla organizativa (el uso de las tecnologías, los arbitrajes, el sistema de competición, los diseños de los escudos, de las equipaciones, los vídeos promocionales, la música...), sino también los periodistas de Movistar Plus, en especial gente como Guillermo Giménez, Piti Hurtado, Ántoni Daimiel, Ramón Fernández y Antonio Sánchez. Todos personas inteligentes y con sentido del humor, que mezclan la narración y los comentarios del baloncesto con los comentarios de la vida misma, con la buena música (con la que me gusta, vaya), con el cine o con mil historias más. Unos figuras.

La NBA, como fenómeno no solamente norteamericano (a pesar de tanta bandera y tanto himno, lo que menos me gusta), es depositaria del sueño de muchos niños sin importar dónde hayan nacido: ya hayan salido de un barrio marginal de Atenas, del extrarradio violento y sin esperanza de alguna ciudad estadounidense, del cinturón industrial de Barcelona o de la aldea más recóndita de África.

La NBA es también generadora de mitos y de historias que casi parecen leyendas, ya sea de un jugador en concreto, ya de un equipo, ya de un entrenador o de una situación límite que se revierte. La NBA es creadora de historias muy, muy literarias; o cinematográficas, si os gusta más lo audiovisual. La NBA es un sinfín de datos y de líneas paralelas y perpendiculares que, para mi gusto (o mi disgusto), dura muy poco. Y eso que son 82 partidos de liga regular y cuatro rondas de siete partidos en playoffs... Y para más decir, está la cuestión racial y de los derechos sociales, que tanto les ha costado (y les cuesta) alcanzar.

Incluso me gusta el hecho de que, en comparación con otros 'negocios deportivos' estadounidenses, la NBA sea una 'empresa' progresista, por así decir (y siempre con muchas prevenciones); que sea contestataria con el conservadurismo más rancio de aquel país, que se moje en algunas cuestiones, que cuide de eso que llaman 'responsabilidad social corporativa', que responda a las legislaciones retrógradas de algunos estados... Valga como muestra los palos que tíos como LeBron o Curry le dan a Trump, al que todavía no ha acudido a visitar a la Casa Blanca ningún campeón de la NBA.

En fin, que la NBA no deja de ser un inmenso negocio y una máquina de fabricar dinero, pero también es una máquina de generar entusiasmo por el baloncesto. De modo que aquí me encuentro ahora, nervioso cada vez que llega octubre y se aproxima el comienzo de la temporada. Con muchas ganas. Sigo pensando que es un mundo éste, el de la NBA, muy dado al 'flipismo', yo mismo casi me veo como tal, y, sin acritud, todavía me tropiezo a 'flipaos' por las redes que discuten una opinión inocente como si tuvieran la verdad revelada, pero bueno, realmente eso pasa en casi todos los ámbitos. También reconozco que aún no controlo todos los pormenores normativos, los contractuales y demás historias, que todavía se me escapan. Y añado que hay cosas que me desconciertan y no me terminan de convencer, como el tejemaneje de los traspasos... La cara más áspera del mercadeo.

Y más: no me gusta el uso y el abuso de términos anglosajones en los medios españoles que se dedican a la NBA, o en los comentarios de las redes o en las narraciones de los partidos: chorradas (con perdón) que surgen de traducciones literales que son erróneas, como lo de 'las finales' (es 'la final', pijo, una única final, aunque se juegue en una eliminatoria a varios partidos), la 'post-temporada' (¿qué pijo es eso? ¿Acaso la temporada acaba con la liga regular? ¿Qué son los playoffs, precisamente, si no la parte más sabrosa de la 'season', de la propia temporada?), o el 'finger-roll', el 'fade-away', el 'step-back', el 'miss-match'... Para todo eso hay expresiones en castellano, ¡usémoslas!

En cuestiones estrictamente deportivas, también debo decir que no comulgo con el estilo de juego de todos los equipos, y que hay entrenadores que me gustan más y otros que me gustan menos, equipos que me gusta más ver y otros que me dan picores (que no picorcitos)... Y costumbres de los jugadores norteamericanos que son una idiotez y que, si llega el caso, iré señalando en futuras entradas de este blog. También opino que el baloncesto FIBA, por así llamarlo, y el de la NBA, a veces pueden parecer juegos diferentes, pero ambos crean la amalgama que forma este deporte tan asombroso y divertido, el baloncesto, con sus múltiples aristas y matices. Ambos mundos lo enriquecen.

En próximos textos comentaré más cosas sobre la NBA, aceptando y agradeciendo siempre los comentarios y aportaciones de quienes conozcan más y mejor esta liga que yo. 

Y acabo con una de las entradillas más chulas que, en mi humilde opinión, se ha hecho desde la competición estadounidense para introducir la eliminatoria final, por muchos motivos: por la canción de Steve Wonder, musicote; por las imágenes elegidas, plásticas, estéticas, cojonudas; por el tributo y agradecimiento constante que hace esta liga al pasado, a aquellos que hicieron de la NBA lo que es hoy; y por la clara alusión (que es a la vez una declaración de intenciones) al carácter planetario y universal de la NBA, que bebe de todas las fuentes del mundo, que es multi-cultural, multi-racial, y que alimenta y se deja alimentar por la ilusión de l@s amantes del baloncesto sea donde sea que vivan o hayan nacido. Hasta el último rincón de la Tierra. Vuelve la NBA... ¡Se nos viene la locura!



lunes, 7 de octubre de 2019

8 abajo (y balón para el rival)

Durante el pasado Mundobasket -fue hace un mes pero parece que han pasado años-, la Selección Española masculina empezó la competición a medio gas y, como siempre, se generó cierta inquietud. Somos muy de 'lo quiero todo y lo quiero ya', y lo que se salga de ahí, nos incomoda. España comenzó el Mundobasket ganando con ciertas incomodidades, y los focos se encendieron y los cuchillos se afilaron de cara al primer partido de la segunda fase, el que nos enfrentaba a Italia. Prevenciones, cuando no pesimismos declarados, antecedieron al choque.

Una vez se lanzó el balón al aire, las dudas aumentaron, pero luego el equipo fue capaz de rearmarse, se quitó la presión, empezó a divertirse y terminó ganando con relativa -aunque no demasiada- comodidad. Muchos respiraron aliviados pensando en que lo principal ya estaba hecho. Lo principal era, para muchos, crearse un camino medianamente asequible en los cruces y llegar a semifinales, optar a una medalla de bronce y, con suerte, lograr la clasificación para los Juegos Olímpicos. Con la victoria ante Italia parecía abrirse esa puerta. Muy pocos pensaron que se pudiera ganar a Serbia en el segundo partido de la segunda fase. Entre esos pocos estaba yo, debo decir. Si tenéis el valor de navegar por las redes sociales recordaréis las alabanzas encendidas hacia Serbia por su arrolladora puesta en escena durante la primera fase. Todo era rendición sin condiciones y poco menos que la entrega del trofeo por anticipado, ya que Estados Unidos no terminaba de enamorar.


En este punto repito algo que ya he dicho muchas veces: me disgustan tanto las lapidaciones como las alabanzas colectivas. Generalmente, este tipo de manifestaciones masivas me ponen en alerta. Me avisan de que debo buscar más información. Me incitan a encontrar los tonos intermedios. Pues bien, el común no daba un duro por España y lo daba todo por Serbia, y ya sabéis lo que pasó. Lo dije antes y lo digo ahora: esto es baloncesto, que es como decir que esto es la vida. Lo que parece cantado a lo mejor se queda sin cantar. Lo que todo el mundo espera termina siendo esperado por siempre jamás, y lo que nadie esperaba resulta que llega y nos da en la cara con la mano abierta. ¡No es posible! ¡Los números no dicen eso! Lo números pueden decir una cosa y la contraria. Sólo cuando pasa, lo sabemos.


Un problema que se nos antoja insalvable, una situación que parece imposible de superar, puede dar un vuelco. En esos casos puede que tengamos que contar con la suerte, sí, pero también con la fuerza de la voluntad y del trabajo. Un ejemplo de lo que busco me lo da el baloncesto: cuando estamos 8 abajo y balón para el rival.


Cuando estamos 8 abajo y balón para el rival, la moneda está en el aire y puede caer cara o puede caer cruz. Trataremos de olvidar el marcador y defenderemos a muerte. Intentaremos recuperar la bola. Es una situación muy jodida que casi es un todo o nada: si, por ejemplo, nos meten un triple, se pondrán 11 arriba, superando así eso que llamamos "barrera psicológica de los diez puntos"; pero, por el contrario, si fallan o recuperamos el balón, y metemos un triple en el siguiente ataque, nos pondremos a 5 puntos: la mitad de esa barrera psicológica, dos posesiones, aliento en el cogote... Nada. Es decir, que se trata de un momento que nos puede llevar al -11 o al -5.


España llegó a estar 8 abajo contra Australia, y balón para el rival, en las semis del Mundobasket. Se tuvo fe, se trabajó, se tuvo suerte también, y terminamos ganando. Y de ahí a la final, y de la final al oro, al segundo campeonato del mundo. No miento si digo que me emocioné tanto (diría que más) como en aquel primer Mundobasket ganado por España, el de Japón 2006. La felicidad más absoluta y una nueva lección para la vida, de nuevo, al amparo del deporte más maravilloso que existe. El baloncesto.




Aquí os dejo un pequeño montaje musical que hice con motivo del segundo Campeonato del Mundo de baloncesto que ha ganado la Selección Española masculina, y os informo de que, de la manera más regular posible, en este blog voy a comentar la actualidad que más me interese de este deporte que tanto amo. ¡Saludos!