Si dijera que no estoy roto, mentiría. Se ha ido mi padre y estoy roto. Da igual que la ley natural diga que el padre se tiene que ir antes que el hijo. Da igual que el mío fuera mayor y da igual que hace casi un año le detectaran una enfermedad incurable. Nada de eso mitiga, nada de eso me importa. Uno cree que se puede preparar para esto, pero es imposible. Es una ingenuidad, una pérdida de tiempo; como ver venir una tromba de agua y construir un dique de bolas de papel. Hace meses visualicé si sería capaz, cuando el llegara el día, de conservar la entereza en el funeral y en el entierro, en especial en ese horrible momento en el que sólo se oye la pala del albañil, el cemento y los ladrillos que tapan el nicho, pero ni siquiera hemos podido asistir al entierro de mi padre. ¿Cómo podíamos prever algo así? ¿Cómo prepararse? Que se haya ido justo ahora me rompe más. Es una putada enorme.
Hace algo más de un año mi padre conservaba su vitalidad. Salvo un par de intervenciones, salvo un par de balas que lo habían rozado, estaba perfectamente y todo el mundo le alababa no aparentar su edad. Era coqueto, cuidaba su aspecto y su higiene. Llevaba una dieta de las buenas, de las que ahora llaman ‘realfood’ pero que antes era sencillamente comida. Comida de cuchara, y fruta, mucha fruta. Había trabajado mucho, muchísimo durante toda su vida. En el negocio familiar y en la huerta. Nació y creció en una época muy jodida y perdió a su padre mucho antes de lo que lo he perdido yo. Luchó como un león en territorio hostil, en campo enemigo hasta que se murió el dictador, discreto siempre, sabiendo que lo primero era ganar el pan de la familia, pero llevando dentro sus convicciones ideológicas y el orgullo de ser de izquierdas.
Disciplinado, recto, serio, puntilloso, exigente, maniático, perfeccionista, precavido. Algunas de esas cosas parecen sinónimos, pero tienen sus matices. Mi padre era todas ellas y, en ocasiones, en exceso. De manera desesperante, a veces hiriente. Carismático, con una personalidad fuerte que imagino que le impuso su contexto, su vida. Pausado, dominador de sus silencios casi más que de sus palabras. Honrado, claro como el agua clara, guasón, amable, educado, sensible, dulce, culto, curioso. Siempre con ganas de saber y con ganas de leer, en sus manos siempre el periódico o un libro. En la tele las noticias, las tertulias o una buena película del oeste. Amante de la poesía, de Antonio Machado y de Miguel Hernández. No tuvo ocasión de estudiar más que un poco, lo suficiente para aprender a leer y a escribir (recibiendo golpes por su condición de zurdo), y para 'hacer cuentas'. Cabezota, terco, irreductible, difícil de mover de su idea de las cosas, de la rectitud de su pensar y de su proceder. De lo que veía correcto y de lo que veía incorrecto.
En sus últimos meses, apedreado, desgastado por la enfermedad, condensó y mostró todas esas cualidades, alguna de ellas perfectamente catalogable como ‘defecto’ por la dosis excesiva, y otras elevadas a lección de vida por lo mismo. La dignidad y la entereza con la que vio truncada su rutina y su salud, con la que aguantó su deterioro, con la que se dejó cuidar, nos deja aún más admirados y todavía más desolados. Tenía una última enseñanza y la mostró hasta el final. Antes de eso nos educó también con sus defectos. Creo que lo hizo lo mejor que pudo, aunque algunas veces no fuera suficiente.
Mi padre se ha ido y yo estoy roto. Me asomo a la terraza intentando respirar. Miro al frente y veo la ciudad de Murcia, su ciudad; luego miro a la derecha y veo la huerta, su huerta (o lo que queda de ella). Veo a lo lejos los pinos de Churra, de su Churra, y porciones de la tierra donde se desarrolló su vida entera, la tierra que recorrió miles de veces, la que cultivó, desde la que vio tantos atardeceres, como el que tengo ahora delante. Reflexiono y me doy cuenta de que todo esto que ven mis ojos lo he conocido de su mano. Todo lo que mi vista alcanza. Todos estos caminos, todos estos lugares me los enseñó él, como muchas otras cosas. Siento que con él se va parte de mi vida. Siento que se pierde su sabiduría. Dicen que a veces las cosas se aprenden mejor por comparación, por contraste, pero si el contraste llega con la pérdida, la enseñanza es dolorosa. El amparo que da un padre se aprecia más aún con el desamparo de su ausencia. Te quedas así, desamparado. Sin cobertura. Papá, ya siento que no me rodea esa energía tuya, esa capa invisible que me protegía. Ya estoy yo, aquí, de cara frente al mundo. Y ya te echo mucho de menos, papá. Sé que te debo un libro y te prometo que lo escribiré.