domingo, 31 de mayo de 2020

Besos en el ascensor

En la tempestad conviene buscar puertos seguros. Los libros, el arte, el cine o la música lo son. Hemos atravesado, o más bien, estamos aún atravesando una tormenta generalizada que combina elementos adversos: una emergencia de salud pública como no habíamos vivido nunca, al menos en lo que llamamos Occidente; una crisis económica que amenaza con arrasar a los más débiles, para variar; una crisis política en España, oh, novedad, porque los eternos mimados del sistema no quieren perder privilegios y les da igual el precio de mantenerlos; en mi caso, además, la muerte de mi padre en un contexto como éste, surrealista, extraño y doloroso. No es algo excepcional, evidentemente. Muchas personas han sufrido la pérdida de seres queridos en los últimos meses. Ante este panorama, trato de refugiarme en mis cosas. Busco puertos seguros.

Hace unos días salí a caminar y llegué hasta el árbol que plantó mi abuelo, el padre de mi padre, en lo que en tiempos fue huerta fértil y hoy es terreno yermo, cubierto de matojos, tocante a una de esas avenidas grandes del extrarradio que canalizan ruidos, prisas y malos humos. En el camino me crucé con personas que también habían salido a caminar. La gran mayoría, disciplinados, llevábamos mascarilla. Unos miraban al suelo, otros al horizonte. Algunos iban oyendo música con sus auriculares, como yo. No vi a nadie golpeando cacerolas, tampoco yo sentí esa necesidad. Respiré profundamente todo lo que pude, todo lo que me permitía el filtro, e intenté acompasar el ritmo de mis pasos al de mis pensamientos y al de la música que escuchaba. Música, puerto seguro. Llegué al árbol justo cuando el sol se estaba poniendo y ahí no pensé nada, simplemente sentí.

La música es un puerto seguro, digo, pero no es anestesiante, precisamente. Te saca lo que lleves en la bodega del barco, te agita los sentimientos. Puedes emplearla para regularte, para subirte o para bajarte los niveles, para dar más intensidad a tu alegría o a tu pena o para intentar contrarrestarlas, aunque sea por un rato. Hay música que asocias a aquellos momentos en los que más la escuchaste, y cuando la vuelves a escuchar revives la alegría o la pena que sentiste hace años. Hay canciones, grupos o cantantes que aparecen en el momento preciso. En este momento ha aparecido Pau Donés y lo ha hecho como agua de mayo.

Empecé a escuchar a Jarabe de Palo al poco de sacar su primer disco, La Flaca, mismo título de la canción que fue su primer éxito. Fue en el verano de 1997. Rápidamente me empezaron a gustar todas sus canciones casi más que La Flaca. Desde entonces, como pasa con los grupos que más te gustan, Jarabe ha ido apareciendo y desapareciendo de mi sintonía. He ido comprando sus discos regularmente y me ha acompañado en multitud de situaciones. Ha sido un puerto seguro para disparar mi alegría y para consolarme en mis penas. Pero lo que ha supuesto su nuevo trabajo, 'Tragas o escupes', difícilmente lo puedo explicar con palabras. Es un gran disco que estoy escuchando en bucle desde que ha llegado a Spotify. Me ha entusiasmado, lo cual tiene un mérito tremendo en estos días.

He leído por ahí que es un disco 'buenrollista' y 'optimista', y aquí tengo que diferir. No me parece ninguna de las dos cosas. Es un disco que apela a la naturalidad de la existencia, a la raíz y a las hojas, a lo profundo e intangible de nuestra alma y a la piel que recubre nuestra carne y nuestros huesos. También he leído gilipolleces al respecto del 'desmejorado aspecto' de Pau Donés, incluso en titulares de noticia, en lo que supone un redoble de tambor del periodismo imbécil. Cualquiera con dos ojos y capacidad de visión puede apreciar y formarse juicio sobre si Donés está más o menos cambiado, o si la enfermedad con la que convive le atiza más o menos fuerte, de modo que hay que ser un periodista muy, pero que muy idiota para incluir en un titular ese tipo de apreciaciones. Bueno, en un titular o en el cuerpo de la noticia. Es de ser muy gilipollas. No merece más comentarios, pero como periodista que soy y como 'persona humana', tenía que decirlo.

Volviendo con el nuevo trabajo de Jarabe de Palo, me parece reconocible en sus maneras, en sus ritmos, en su lenguaje siempre sensible, siempre sencillo en el más bello sentido de la palabra. Por supuesto, repito, no es 'buenrollista' (otra palabra cuyo uso he de asignar a lo más gilipollas del género humano), sino esencial. Habla de la urgencia de la vida, de lo importante que es el uso que le damos a nuestro tiempo en este valle de lágrimas que, no obstante, puede ser maravilloso, como decía Andrés Montes. Habla de la conveniencia, de la necesidad, de la obligación de vivir en la inconsciente consciencia, o, si se quiere, en la consciente inconsciencia al respecto del paso del tiempo; de hacerlo intensamente; de compartir ese tiempo con las personas que queremos y que nos quieren. Habla, como digo, de la raíz y de las hojas de nuestra existencia.

No podría decir cuánto agradezco a Pau Donés que haya construido esta maravilla de disco, que haya escrito estas 11 canciones, estos 38 minutos y 36 segundos tan bien empleados, y que lo haya hecho justo ahora, cuando las olas nos arrastran y amenazan con hundirnos la balsa; que en mitad de tanto dolor y de tanta absurda cacerolada, de tanto ruido y de tanto insulto, ponga la música y la palabra que subrayan precisamente lo contrario: la solidaridad, la abnegación del personal de la sanidad pública y de las trabajadoras y trabajadores que en otros sectores también se han jugado el tipo. Me cuesta tanto expresar mi gratitud a Pau Donés como elegir una canción. Todas me agitan, todas me mueven, todas me llevan los pies y los latidos del corazón. Quizá podría referir 'Misteriosamente hoy', 'Valiente' o 'Tragas o escupes', o cualquiera de las otras que forman el disco, pero acabaré este texto con la canción que lo cierra: 'Besos en el ascensor'.

Si habéis leído algo sobre emprendimiento y tal, conoceréis aquello del 'elevator pitch', la exposición de tu idea de negocio en breves segundos, lo que dura un 'viaje' normal en un ascensor (de ahí su nombre); es condensar la esencia de lo que quieres hacer para contárselo a otros. Pues eso es lo que parece durar la vida, lo que dura un trayecto de ascensor, breve y con pocas paradas. Y es lo que me transmite esta canción, que también me trae el aroma de Fleetwood Mac y del mar (asocio el grupo inglés al mar porque durante una época me daba largas caminatas al amanecer por la playa mientras lo escuchaba). Jarabe de Palo viene a decirnos que en lugar de pasar la vida hablando del tiempo o mirando al suelo, como hacemos en el ascensor, podríamos pasarla dando amor. Nada más conveniente y satisfactorio. GRACIAS, Pau, por la lección.

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